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CAPÍTULOS 2 - UNA CHICA CON UN SUEÑO
Voy a ser la más rica, la más conocida y la más linda modelo en el mundo.’
No, yo no – Yo nunca he querido ser una modelo, estar de pie por allí y que te
estén diciendo qué debes hacer. Es lo que supuestamente Jerry Hall le dijo a su
mamá cuando ella tenía 14 años. Pero ella al menos contempló la posibilidad,
mientras que cuando le dije una cosa similar a mi mamá yo era delgada, con la
cara de una chica de 8 años de edad, con colitas y con un agujero en mi diente
tan grande que un guisante podía quedar atrapado allí.
Pero ¿qué importó eso? Yo era una chica con un sueño. Todo empezó cuando mi mamá
nos llevó a mi hermana y a mí a ver FAMA, la película de Alan Parker acerca de
la escuela dramática de Manhattan. Eso fue en 1982 y yo tenía 8 años y 3 meses.
Estar sentada allí en la oscuridad era como estar en una caricatura con un
bombillo encendido sobre mi cabeza. De repente supe que era lo que quería hacer
– así de sencillo – quería ser Coco, quien no solo bailaba como nadie que yo
hubiera visto antes, sino que lucía fantástica con su cabello crespo y
despeinado cantando como si fuera a explotar – “I’m gonna live for ever, I’m
gonna learn how to fly! High! (Voy a vivir para siempre, voy a aprender cómo
volar! Alto!).”
“Mami”, dije mientras regresábamos a casa.
“Si, Victoria”.
“¿Puedo ir allá?”
“¿A dónde?”
“A esa escuela”
“No”
“¿Por qué no?”
“Porque está en Nueva York”.
¿Es que mi mamá no entendía? Yo tenía que ir allá, tenía que hacerlo. ¿De qué
otra manera yo podía ser una estrella? Le preguntaría a mi abuela. Ella podría
darme el dinero para ir hacia allá. Y yo tenía guardadas 12 libras del dinero
que recibí en navidad y en mi cumpleaños.
Yo no fui la única a la que le gustó Fama. El 17 de Julio fue número 1 cantada
por Irene Cara y se quedó allí por tres semanas. Estuvo en el top ten por 16
semanas. Algunas semanas después comenzó una versión de la película en la BBC
TV. Irene Cara no estuvo más en la versión, había una nueva Coco. Pero mis otros
favoritos fueron: un gran bailarín, un chico de la calle llamado Leroy quien
nunca tenía dinero, y un chico muy guapo llamado Bruno con el cabello rizado
quien tocaba el piano y escribía canciones. Hasta los profesores eran buenos. La
única que no podía soportar era a Julie, quien tocaba el cello y tenía un poco
los aires subidos.
Esa navidad, Los Chicos de Fama vinieron desde América y mi mamá nos llevó a
Louise y a mí a verlos en el Albert may. Y no eran personajes elegidos para la
gira, eran los personajes reales: Gene Anthony Ray como Leroy Jonson, Erica
Gimpel como Coco Hernández, Lee Curreri como Bruno Martelli. Sé que todavía
tengo el programa. La noche anterior no pude dormir. Louise si durmió pero ella
era 3 años más joven que yo. Sólo porque ella tenía el cabello rojizo las
personas siempre estaban sonriéndole. Luego supe la verdad, ella estaba muy
aburrida, no entendía nada.
Me acosté en la cama esa noche pensando que ellos podrían hacer subir un momento
a las personas de la audiencia al escenario así como hacían todos los años en la
pantomima de Broxbourne, y luego Coco me miraría y me pediría irme con ella a
Nueva York. Nunca estuve tan emocionada literalmente.
Casi nos perdimos el principio porque no encontrábamos donde estacionar el auto
y el lugar donde estaban nuestros asientos casi explotaba. A veces las cosas que
esperas demasiado, al momento de vivirlo te decepcionan, esto no fue así. Aparte
de la pantomima de Broxbourne, donde íbamos cada año – mi mamá y mi papá siempre
han cumplido las tradiciones familiares – fue el primer espectáculo en vivo al
que yo había asistido. La energía de los bailarines y estar tan cerca de ellos,
definitivamente me atrapó. A la salida mi mamá nos compró a Louise y a mí unos
trajes de terciopelos de los Chicos de Fama con letras doradas en la espalda. La
mía era azul y la de Louise era roja.
Fue allí cuando empecé a insistirle a mi mamá de que yo quería aprender a
bailar.
Yo había empezado ballet cuando tenía como 3 años pero lo dejé luego de estar
sólo algunas semanas, así que me dijo que no quería malgastar su dinero de
nuevo.
“Pero soy mayor ahora”, le dije saltando de un sofá a otro y pasando sobre
Louise, “Y te prometo, te prometo, te prometo, te prometo que no lo dejaré. Y te
prometo que será bueno para Louise. Por favor mami. Por faaaaaaa”.
Esa navidad cuando fuimos a la pantomima, que estaba como a 4 millas de donde
vivíamos, mi mamá notó que todos los niños en el espectáculo egresaron de
escuelas locales de drama y danza. Al día siguiente ella llamó por teléfono y me
aceptaron para empezar en Enero. Ellos nos dijeron que podríamos tomar lo que
necesitáramos de una tienda llamada Danceworks ubicada en Hoddesdon, una ciudad
que está al norte. Mi mamá me compró zapatillas de ballet, zapatillas de jazz y
calentadores. Ya estaba en camino.
Fue en el concierto de Barry Manilow seis meses después, cuando le informé al
mundo (es decir, a mi mamá, a su amiga Pam Davies y mi mejor amiga Amanda Davies)
que yo iba a ser famosa. Amanda y yo siempre éramos prácticamente arrastradas a
los conciertos por nuestras madres – la mamá de Amanda era una fan masiva de
Barry Manilow y miembro de su club de fans.
sual yo no tenía muchas ganas de ir, pero éste era en el Palacio Blenheim y me
gustaba la idea de ir a un palacio. El concierto resultó ser en un campo lleno
de excremento de oveja y tuvimos que ver su nariz gigantesca como a 20 millas de
distancia, atascadas detrás de una torre de tendido eléctrico.
“Un día voy a estar haciendo eso” dije. Fue extraño considerando que Barry
Manilow no era exactamente Michael Jackson. Pero me encantaba el ambiente del
escenario. Para mi próximo cumpleaños Amanda me compró un par de cordones de
Barry Manilow. Eran grises y decían Barry Manillow por todos partes. Los coloqué
en mis zapatos deportivos. Que triste.
De hecho, me gustaba un poco Barry Manilow y todavía me gusta, no como Cliff
Richard al cual no podía soportar. Él debería haberse quedado en ese estúpido
autobús e irse con sus vacaciones de verano. Pero a nuestras madres les gustaba
bastante. Yo sabía que mi mamá tenía fotos de ese viejo cara de lagarto dentro
de su guardarropa antes de conocer a mi papá. Fuimos a un concierto de él en
Wembley en octubre de 1983 cuando acababa de sacar su álbum Silver, el cual
probablemente es el mejor de todos sus álbumes (el nombre Silver es por estar 29
años en el negocio, por si no sabes). Era una imagen novedosa, muy de los
ochentas.
El usaba un traje con la corbata deshecha y la camisa por fuera. Y nosotras
estábamos sentadas allí cuando volteé hacia mi mamá y le dije, ‘Voy a estar allá
arriba algún día’. Ver a Cliff haciendo movimientos con sus hombros, con el
cabello levantado y enseñando a las madres en Wembley el viejo razzle-dazzle,
pensé, ‘Si, yo podría hacer esto’.
Como dije, siempre fuimos buenos siguiendo las tradiciones familiares y cada año
antes de navidad íbamos a la calle Oxford a ver cómo encendían las luces. Y
sabía que un día esa sería yo, arriba sobre la multitud.
‘Algún día haré eso’ dije tontamente mientras mirábamos a la persona que ese año
encendía las luces. Es extraño, no crees?. Debí haber sentido mucho afán por
lograrlo.
‘Ella tendrá que trabajar fuerte’ le dijo Christine Shakespeare a mi mamá cuando
comencé las clases. ‘Bailar es 90% trabajo duro y 10% de talento. Tendrás que
trabajar hasta el cansancio, Victoria’.
¿De qué estaba hablando ella? ¿trabajo? Trabajo es leer y sumar. Bailar es como
las malteadas y el helado, como las palomitas de maíz, como una merengada de
fresa, como la playa.
Yo era como tres años mayor que las demás chicas de la clase para principiantes
y la Srta. Christine, como era permitido que la llamáramos, le dijo a mi mamá
que una clase a la semana no era suficiente si quería estar en pantomimas el
próximo año. Así que al principio fui dos veces a la semana –ballet y jazz-
luego lo duplicamos.
El ballet fue el más difícil. Practicaba en mi habitación una hora antes
utilizando la cabecera y el pie de mi cama como barra.
‘¿Estás haciendo tu tarea, Victoria?’, gritaba mi mamá desde la parte de debajo
de las escaleras.
‘Si, mami’, le gritaba yo mientras escuchaba mi Walkman.
No le tenía miedo al trabajo duro. Siempre tenía que trabajar duro en la escuela
primaria para mantenerme: nunca fui de las más listas. Volviendo a mi clase de
danza, tampoco fui la mejor bailarina. La diferencia fue que nunca lo sentí como
trabajo porque amaba cada minuto que estaba allí.
Al principio cuando mi mamá dijo que me inscribiría en la escuela Jackson de
Danza y Drama, me imaginé un poco a la escuela FAMA: casilleros, carteleras
informativas y un gran gimnasio con espejos de pared a pared. De hecho nuestras
clases eran en cualquier lugar que pudieran encontrar en Broxbourne con pisos de
madera: pasillos de iglesias y hasta una casa de los scouts. Pero mi decepción
sólo duró como dos minutos porque la Srta. Christine era una persona muy buena.
Ella había sido bailarina profesional aunque ahora tenía forma de pera, además
conservaba sus delgados pies de bailarina y tenía una cara muy linda.
‘Preparados’
Los pies en la posición de inicio formando un ángulo recto el uno con el otro,
el brazo izquierdo en la barra, el brazo derecho sostenido arriba y hacia el
lado o como Christine decía “port de bras en seconde”.
Una seña a la Sra. Hawkins en el piano, y uno, dos, tres, cuatro...
‘Hacia al lado, uno, dos, tres, cuatro, y de nuevo, seis, estírense, ocho’
Y una y otra vez, las suelas de piel de siete u ocho faldas de ballet rosadas
balanceándose a través del piso de madera. Arriba, sostengan, abajo, sostengan,
arriba, sostengan, abajo, sostengan. Y la punta de los pies.
Yo era tan delgada que los tirantes tomaban la forma de una bolsa en mis
rodillas.
‘Espalda recta Victoria’
‘Dobla esas rodillas Lindsay’
‘Barbilla hacia arriba Lorraine’
‘Punta de pies’
‘Estómago ADENTRO’
‘Rodillas AFUERA’
‘Trasero ADENTRO’
‘MANTENGAN arriba la cabeza’
‘Empecemos desde el principio Sra. Hawkins’
Con Christine Shakespeare, lo que más hice fue pensar que nunca entendí por qué
ella tenía que utilizar palabras francesas para todo. Pronto comencé a asistir
diariamente a la escuela. Pero al menos nunca me aburría. No como en mi escuela
de siempre, la primaria Goff Oak en la cual empecé mal desde el primer día.
Mi profesora era horrible, desafortunadamente ella era la única profesora que
había para todo el año. La veíamos a ella, todos los días. Ella era como la
Terrible Bruja del Oeste, sólo que peor. Se veía casi tan vieja como mi nana, la
mamá de mi mamá, toda arrugada, pero no de una manera agradable. Usaba vestidos
grises y blusas color salmón. Pero su fealdad no era nada comparado con su edad.
Mi nana era arrugada y vieja pero adorable. Así ella no fuera tan vieja la Sra.
Horrible sin duda no era de aquellos profesores que te dejan experimentar. La
lectura era lo peor. Los libros con los cuales debíamos aprender a leer eran los
de Janet y John.
‘Oooh, Janet y John, Victoria’, mi mamá decía mientras traía el primer libro a
casa. Debió haber sido algo nostálgico para ella: esos eran los mismos libros
con los que aprendió a leer en los cincuentas. Janet y John tenían una mamá, un
papá, un perro e iban de compras. Y eso era todo. Nos acostumbramos a leer Janet
y John todos los días. Y cuando terminabas de leer un Janet y John te pasaban a
otro Janet y John. Esto sucedió por meses. Luego nadie siguió leyendo Janet y
John – leían Roger Sombrero Rojo, Billy Sombrero Azul y Jennifer Sombrero
Amarillo-. Finalmente llegó el grandioso momento cuando terminé de leer la
última página del último libro.
Fui esa mañana a la escuela muy emocionada. Todos obtenían una estrella cuando
finalizaban Janet y John. Ahora obtendría una estrella. Recuerdo cuando estaba
parada frente al escritorio de la Sra. Horrible en frente de la clase, en una
fila esperando mi turno, jugueteando con mis pies. La Sra. Horrible tomó el
libro con la hoja que mi mamá debía firmar dentro de él. Yo estaba tan
emocionada: había terminado el libro y ahora iba a obtener mi estrella como
todos los demás.
Pero la Sra. Horrible, la vieja bruja, dijo no.
‘No’. Lo repitió cuando yo estaba justo frente a ella, ella todavía sostenía mi
libro, yo estaba sin entender, la sangre se me subía a la cabeza y ella
observaba la parte de atrás del libro. ‘Si lo leíste una vez, no tendrás
problemas en leerlo de nuevo, ¿verdad Victoria?’.
La clase estaba en silencio, las charlas matutinas se habían detenido, no se
escuchaba ni un chirrido de chillas.
Los sentí mirándome, pensando cuan inteligentes eran ellos – todos tenían
estrellas – y cuan estúpida era yo.
‘Ahora regresa a tu puesto y empieza desde el principio, luego tendrás tu
estrella’.
Todavía recuerdo cuando caminaba a mi asiento, los demás niños bajaban sus
cabezas mirando sus libros, tratando de no mirarme.
Pestañeé fuerte. Sentí algo en mis ojos. En el recreo ni siquiera mi amiga
Amanda jugó conmigo. Ella se unió a un juego de saltos con algunas de las otras
chicas. En el otro extremo del patio de recreo había un viejo juego de saltos
marcado en el piso con tiza, encontré una piedra y empecé a jugar yo sola.
La Sra. Horrible era una bruja, era un hecho. Y me había echado un maleficio. Yo
sabía que en su casa tenía un sombrero de bruja, una escoba y recolectaba cosas
como arañas y hormigas para hacer maleficios con ellas.
Yo tenía seis años. No era lo suficientemente mayor para odiar a alguien. Pero
yo odiaba a la Sra. Horrible. Y creo que ella debió odiarme a mí también. Pero
no encuentro la razón. Yo nunca llegaba tarde, siempre estaba limpia y
arreglada. Ella me dijo que yo estaba atrasada. ¿Cuán traumatizante es eso?
‘Es una lástima que no impartan clases de reparación, Victoria, porque allí es
donde tú perteneces’.
Así que la Sra. Horrible me colocó en la parte de atrás de la clase porque de
esa manera no sería una mala influencia para los otros.
En esa época si notaban que eras lento para leer podían creer que eras disléxico
y te daban una ayuda extra, o al menos ser buenos contigo. Yo no pienso que era
disléxica, creo que sólo estaba aburrida.
Aunque tuve uno o dos maestros buenos a través de los años, maestros que me
dieron valor y no me hicieron sentir fuera de lugar, la Sra. Horrible fue mi
primera maestra y rompió completamente mi autoconfianza porque luego de eso yo
evitaba hacer cualquier cosa que me recordara a ella. Como leer. Creo que fue
por eso que dejé de leer.
La escuela primaria de Goff Oak era como una escuela pueblerina chapada a la
antigua, aunque Goff Oak no era exactamente un pueblo. En la ocasión que nos
mudamos allá era tal como es ahora, un suburbio en progreso comunicado con otras
ciudades (a treinta minutos de la calle Liverpool) en el norte de Londres a lo
largo de la A10, pasando por el M25 tan lejos como Hertford, como Waltham Cross,
Cheshunt, Broxbourne y Hoddesdon. Aunque estaba tan cerca del centro de Londres
no había gente de color en nuestra escuela. Ni uno, de hecho, tampoco habían
extranjeros. Todos éramos lindas niñas y niños blancos. Y haciendo mención a eso
todos llevábamos una vida muy tranquila.
Mi mejor amiga, Amanda Davies, era muy bella, tenía cabello rubio corto, manos
lindas, lindas uñas, piel perfecta y anteojos. Ella era el tipo de chicas que,
al ser mayor, le daba la vuelta al uniforme de la escuela para hacerlo ver
genial. Teníamos que vestir una falda por las rodillas color marrón con pliegues
gruesos, una camisa dorada, una corbata color dorada y marrón y un chaleco y un
blazer color marrón.
Su falda siempre era ligeramente corta. Ella siempre tenía una cartuchera y un
morral geniales y usabas tacones altos. Yo siempre estaba impecable pero no
genial.
Una vez a la semana, luego del recreo de la mañana teníamos Muestra y Cuenta,
donde podías traer cosas interesantes a la escuela y hablar sobre ellas con el
resto de la clase, como un nido de aves. Otras personas siempre parecían tener
cosas más interesantes que yo en Muestra y Cuenta, particularmente Amanda.
Todavía puedo recordar cosas que trajo – como un escarabajo rojo y brillante,
una moneda de Roma que su padre encontró cerca del camino romano que bordea a
Broxbourne Woods, una botella verde con un tapón de mármol.
Una de las cosas más interesantes que encontré para llevar fue un pedazo de
plástico que parecía ser parte de un rompecabezas que debías encajar en una
hendidura. Mi mamá acababa de llegar del hospital con mi nuevo hermano Christian,
le enseñó esa cosa a todos sus amigos que fueron de visita y dijo como lo había
encontrado mientras lo agitaba en sus manos. Todos parecían estar muy
interesados.
‘Ven aquí Victoria, ¿qué es lo que tienes?’
‘Algo para Muestra y Cuenta’
‘Abre tu mano’
‘No puedes llevar esto a la escuela’
‘Pero mami, ¿por qué no?’
‘Porque no es conveniente’
‘¿Por qué no?’
‘Porque es mi rollo’
‘¿Qué es un rollo?’
‘Es para no tener más bebés’
‘Pero acabas de tener un bebé’
A veces los adultos eran difíciles de entender, incluso mi mamá. En vez de
enojarse conmigo parecía estarse riendo.
‘No hagas más preguntas. Si no te apresuras no habrá tiempo de hacerte las
trenzas y tendré que hacerte una cola’. Mi mamá siempre me peinaba hasta que
tuve catorce años.
Como fui creciendo me detenía en el patio de juegos observando a los otros
chicos jugar a los saltos en el suelo, a saltar la cuerda o sólo murmullando en
el patio de juegos, entonces hice lo que disfrutaba hacer, bailar. No sólo bailé
alrededor, hice todos los bailes importantes. Algunas veces fue ballet, otras
veces moderno. Luego cuando terminamos el registro de la tarde, nuestra maestra
la Sra. Hardy me dijo, ‘¿Tienes otro baile para nosotros hoy, Victoria?’ y yo le
respondí que si. Luego ella le dijo al resto de la clase que se sentaran y yo
tomé mi lugar en frente de ellos, coloqué el cassette de lo que fuera que iba a
hacer y comenzaba. Esto sucedió todos los días literalmente. O así lo recuerdo.
Yo estaba muy impaciente por actuar – me sentía más cómoda estando en escena que
sentada detrás de un escritorio. Si no los hice sonreír, los hice reír, y de eso
era lo que se trataba la actuación. Cada navidad hacíamos un acto escolar y yo
hacía lo que fuera con tal de estar dentro, buscando siempre un papel principal.
Un año nos dijeron que hiciéramos de Frostie el muñeco de nieve. Y la Sra. Hardy
dijo ‘Alguien tiene algún traje que se parezca a un muñeco de nieve?’, Yo
levanté la mano y dije ‘Yo tengo’.
Bueno, lo tuve para la mañana siguiente. Mi mamá era brillante con los trajes.
Donde hubiera un concurso de trajes de fantasía ella hacía algunos especiales
para mí y para Louise. Ella adoraba los concursos – incluso nuestro Yorkshire
terrier ganó el premio como perro más lindo. Yo sabía que podía hacerme el mejor
traje de muñeco de nieve que pudieran imaginar. Y lo hizo de material sobrante
de unas cortinas. Tenía forma de hombre de jengibre, con botones negros, los
cuales usé junto con un sombrero de copa y una bufanda.
Nosotros vivíamos como a una milla de la que había sido la escuela pueblerina
Goff Oak hasta los sesentas, antes que la nueva escuela fuera construída. Era
una construcción blanca y negra de estilo victoriano. Mi mamá vio el aviso en un
diario que había colocado en el piso de la cocina. Nuestro perro en esa época
era una Yorkshire terrier llamada Samantha, era muy vieja y se había orinado
sobre él. Así fue como ella miró el anuncio ‘Magnífica residencia con estilo
ubicada en una buena zona campestre’.
En esa época estábamos viviendo en una pequeña casa en Hoddesdon que mi mamá y
mi papá habían comprado cuando se casaron y yo había nacido el 17 de abril de
1974. Yo no nací en Caxton Road. Nací en el hospital de Harlow, pero por años
traté de olvidarlo porque Harlow está en Essex. Spice Girls si, Essex Girl no.
La vieja casa-escuela era más de lo que podían pagar pero la compraron de todas
formas. En 1977 no habían otras casas, sólo la iglesia y una discoteca al final
de la calle, pero no era del todo campestre. Si creyeras en lo que dicen los
diarios pensarías que estábamos en el centro del país. No era así. Nos
circundaban antiguos viveros – por donde observaras habían cientos de
invernaderos que quedaron de la época. Cuando en Lea Valley crecían tomates y
pepinos más que en cualquier otro lugar de Inglaterra. Muchos de ellos ya
cerraron, se convirtieron en pequeñas fincas – casas con estilo ejecutivo. Papá
piensa que los invernaderos eran muy feos a la vista y las casas nuevas no
estaban mal porque sólo les dejaban construir cuatro por cada acre. Pero los
extraño. Los invernaderos. A veces los vidrios brillaban tanto que era como
estar en la playa. Y yo siempre había querido vivir donde hubiera agua.
Las personas que modificaron la casa habían puesto unas escaleras, pero así a
ellos les pareciera bien, estaban mal hechas y mi papá decidió tumbar todo y
volverlas a hacer. Él era muy bueno reconstruyendo casas. Incluso lo hizo en la
casa de Hoddeson y eso que estaba nueva. Lo que ellos querían eran ventanas con
estilo georgiano, él se decidió y colocó algunas, luego obtuvieron un mejor
precio cuando la vendieron, sin importar que estaban en una zona de los
setentas.
En mis recuerdos más lejanos veo a mi hermana arrastrándose entre pilas de
cemento. Yo tenía tres años y medio y ella tenía un año. En mis primeros años
era como vivir en una construcción, era horroroso, con las paredes a medio
tumbar. Recuerdo cuando subía sobre los calentadores, lavamanos y tablas de
madera y las puertas sin manillas. La única habitación que estaba terminada era
la que compartíamos Louise y yo.
Mi padre acababa de empezar con un negocio propio de vendedor de piezas
eléctricas al por mayor así que no podía pagarle a obreros. Mi padre es
asombroso, hizo la mayoría del trabajo él mismo, ayudado por unos amigos
constructores y mi abuelo, el padre de mi mamá, que era un estibador.
Él tenía el cabello peinado hacia atrás y tenía una calva en la parte de arriba.
Mi abuelo era un completo caballero. Incluso cuando hacía jardinería utilizaba
un traje, y cuando hacía calor pedía permiso para quitarse la chaqueta. Debajo
siempre tenía un chaleco en forma de V – para que no le llegara la muerte, decía
Nana. Por años él se preocupaba porque la muerte era algo que podía llegarle.
La familia de mi mamá era de Tottenham, en el norte de Londres, que en esa época
era algo elegante, al menos en comparación con Edmonton, que quedaba más hacia
el este, de donde provenía mi papá. Y ellos eran un poco adinerados. Mi abuelo
trabajaba muchas horas y mi abuela solía rentarle habitaciones a futbolistas de
Tottenham Hotspur, que quedaba en el camino. Los futbolistas ganaban nueve
libras a la semana.
Desde que abuelo trabajaba en el puerto siempre traía animales raros – sus
pequeños pasajeros clandestinos, como Nana los llamaba. Ellos tenían un pingüino
que mantenían en la bañera y un mono llamado Jackie. Me encantaba escuchar las
historias de mi abuela acerca de Jackie, cómo era de traviesa y cómo le
encantaba la mermelada. Una vez agarró frasco de mermelada de la alacena y
estaba corriendo por toda la cocina con el frasco en la mano, por el clóset y
las cortinas. Esto fue en la guerra y mi abuela había guardado todos los cupones
para cambiarlos por la mermelada. Y ella le decía, por favor Jackie, dame el
envase de mermelada. Y Jackie lo lanzó al suelo y se rompió. Al final, cuando no
pudieron más con Jackie, la llevaron al zoológico.
Cuando mi mamá nació la llamaron Jackie. Una vez le pregunté si no le importaba
llamarse igual que un mono. Ella me dijo que no lo había pensado.
Mis abuelos esperaron hasta que finalizara la guerra para tener a mi mamá. Para
entonces Nana tenía 39 años y ya era muy tarde para tener hijos, por eso es que
mamá no tuvo hermanos o hermanas.
Yo quería a mi abuela y a mi abuelo. Tottenham no estaba lejos en auto así que
ellos nos cuidaban con frecuencia. A veces íbamos nosotros para allá pero era
más común que ellos vinieran. Recuerdo cuando yo estaba sentada en la ventana
esperando que llegara en carrera el viejo Ford Zephyr. Y en carrera era la
palabra. La muerte sobre ruedas. Mamá lo llamaba así. No respetaba indicaciones,
no bajaba la velocidad. Yo me sentí tan mal cuando tenía diez años y mamá dejó
de llevarnos en el auto con él.
Cuando veíamos el auto estacionarse, todas tres corríamos hacia abajo y
peleábamos para ver quién sería la primera en abrir la puerta de entrada de la
casa. Nana siempre tenía algo en el bolsillo para nosotras. Mi mamá siendo hija
única siempre fue la consentida y ahora hacían lo mismo con nosotras. Ésta era
una época en que mi papá y mi mamá no tenían nada. No podían comprar ni un horno
– mi mamá cocinaba la comida en una estufa Primus. Recuerdo que una vez mi papá
y yo fuimos a buscar un regalo de cumpleaños para ella y le compró un champú, un
acondicionador y un jabón porque no podía comprar nada más. Y recuerdo haberme
enojado mucho porque yo quería comprarle un regalo también. Pero mi abuela
siempre tenía una cosita para nosotros en su bolsillo. Nos decía, ‘Aquí hay algo
de dinero, no le digan a su mamá ni a su abuelo’, también nos daba dulces. No
como mi otra abuela. Una vez la vi esconder una caja de chocolates que le habían
dado, sólo para no darnos a nosotras. Pero yo la seguía queriendo, a pesar de
todo era mi abuela.
La familia Adams no era como la familia Cannon. Cuando mi mamá comenzó a salir
con mi papá, mi abuela pensó que era ‘Un poco libertino’, pero una vez que lo
conoció ella lo adoraba. Era como el hijo que nunca había tenido.
De hecho, la niñez de mi padre fue algo triste. En sus primeros recuerdos tenía
que recoger colillas de cigarrillos de los ceniceros de los bares para que su
padre fumara. Mi padre era uno de esos chicos que rondaban en las afueras del
bar por horas esperando que su padre llegara. Y creo que mi mamá era igual.
Acostumbraban a dejarle todo el trabajo de la casa. Nunca tuvo juguetes o algo
parecido. Una navidad le dieron una bicicleta y él no lo podía creer. Estaba
impactado. Se olvidaron de decirle que él era el que tenía que pagar las cuotas.
Cuando escucharon que se iba a casar lo primero que dijeron fue, ‘entonces
¿quién va a hacer nuestra decoración ahora?’. Pero aún sabiendo esto no los dejo
de querer. Después de todo ellos eran mis abuelos.
Mis padres se casaron en una iglesia que estaba ubicada al otro lado de donde
vivía mi mamá en Westbury Avenue. Se conocieron en una fiesta. Mi mamá estaba
saliendo con alguien más en esa época. ‘Un tipo realmente guapo de 6 pies con
4’, decía mi papá. Y papá apenas medía como 5 pies con 9. De todas maneras, ese
chico se descuidó y Jackie y Tony – así se llama mi papá- terminaron
conversando. Luego este tipo regresó y les vació una taza de café encima a los
dos. Mi mamá seguía evitándolo hasta que la próxima semana mi papá consiguió su
número y así sucedió.
Mi mamá tenía sólo 17 años cuando comenzaron a salir. Trabajaba en la compañía
de seguros Phoenix ubicada en un centro comercial. Yo nací unos diez años
después pero todavía la recuerdo muy glamorosa, con cabello largo y oscuro, y
ojos azules.
Ella todavía es glamorosa, posiblemente más que en esa época porque ahora tiene
la ropa adecuada. Es igual de delgada pero su cabello largo y oscuro ahora es
corto y rubio.
Vivíamos como a una milla de la escuela así que papá acostumbraba a llevarnos en
el auto, un brillante y verde Hillman Avenger, pero le quitó todos los asientos
y quedó como una van. Así que teníamos que aplastar cajas de cables y de
apagadores y largos tubos de neón. Algunos de los cables rompían cosas como los
cartones que protegían los carretes de algodón, donde siempre tratábamos de
sentarnos para no ensuciar el uniforme. Pero si pensábamos que eso era malo, no
era nada comparado con montarnos en el Rolls-Royce de mi papá
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